noche

Damián estuvo cayendo al pozo durante 3 días. Era de noche, caminaba por el bosque y tropezó con la misma piedra. La mala fortuna hizo que quebrara la precaria cobertura del pozo excavado en el suelo. Desorientado, cayó durante algunos segundos antes de darse cuenta de lo angosto del túnel por el que se precipitaba. Asustado, estiró pies y manos para frenar la fatídica caída. Consiguió detenerse tras muchos metros de rozaduras y laceraciones. Miró hacia arriba para descubrir con horror la distancia que lo separaba de la boca del pozo. En antinatural posición, aferrado con sus pies y manos estirados hacia las paredes, dolorido, trató de recuperar la compostura.

No puedo creer lo que me está pasando—pensó. Hace un segundo caminaba tranquilamente y ahora estoy aquí metido en este lío. ¡Este pozo estaba sin señalizar! ¡En el medio del bosque! No entiendo nada. Me duele muchísimo el brazo, me lo he debido golpear fuerte. Esto no tiene sentido. A ver, puedo subir, esto es tan estrecho que debería poder ir dando pasos poco a poco. Esto me va a costar la vida, !cómo puede ser tan profundo esto!—Damián intenta subir. La anchura del túnel es incómoda, no le ofrece la suficiente fijación. Avanza torpemente, centímetros. Durante horas se esfuerza—Llevo aquí no sé cuánto tiempo y he avanzado muy poco. Es desesperante. Quizás un poco más arriba se estreche y pueda avanzar más. Si no, no me explico cómo he podido frenar la caída. Respiro dos segundos y continúo—Damián recupera aliento y sigue en su extraña ascensión. Al cabo horas y pocos metros, un mal paso le hace perder pie. Se precipita de nuevo hacia el fondo. Vuelve a agarrarse como puede y consigue frenar de nuevo la caída. Ha descendido muchos metros.

¡Pero esta puta mierda qué es! ¡No me lo puedo creer! ¡NO ME LO PUEDO CREER! ¡Pero por qué cojones tengo que estar yo en esta mierda! ¡Cómo es posible! ¡CÓMO ES POSIBLE! ¿Cómo cojones puede haber esta mierda de pozo sin señalizar en el medio del puto bosque? ¡No entiendo nada! ¿Por qué coño me pasa a mí esto?—Damián grita desesperado por recibir ayuda. Mira arriba y, a una distancia imposible, observa la boca del pozo. Ha amanecido. Grita hasta que no puede más. La rabia le desgarra la voz. Llora hasta que se queda vacío.

Mira hacia abajo. Un abismo negro insondable. Arriba la boca del pozo está lejos como una luna sin estrellas. Una luna roja que le dice que, allá en aquel planeta, atardece. Un silencio opresivo, como de entierro, domina a Damián desde hace horas; sólo lo interrumpe su respiración cada vez más exhausta. Lleva agarrado de forma precaria una eternidad.—No voy a poder aguantar aquí mucho más. Escalar es ya imposible. Los músculos no me responden y ya he comprobado que el avance es penoso. Estoy tan profundo que ya poco importa. Creo que mi mejor opción es dejarme caer de forma controlada hasta que llegue al fondo. Allí podré descansar y pensar mi mejor opción. En el peor de los casos puedo esperar. Ya deben estar buscándome. El fondo no puede estar mucho más abajo—Y se deja caer, regulando la fricción que lo une a las paredes del pozo. Ha anochecido ya. Sin luz, pierde toda referencia. Sólo el tacto y el equilibrio le permiten controlar la velocidad. Ha perdido la noción del tiempo—Juraría que llevo bajando horas. No puede ser. Supongo que estoy desorientado. Es imposible construir algo tan profundo. Debo de estar bajando muy despacio. Lógico, por otro lado. Como no veo nada supongo que estoy siendo más prudente de lo necesario. Necesito llegar ya. No puedo más—Durante horas continua su descenso, esperando en algún momento que el amanecer le asista con alguna referencia. Alza la vista con frecuencia. Desesperado, decide detener el descenso en medio de calambres. Mira arriba, esperando que la concentración le dé alguna pista, esperando quizás que algún matiz en la oscuridad le permita distinguir. Entonces lo ve. Un punto titilante en la distancia. Una remota estrella que no puede ser otra cosa que la salida de este pozo infinito—No puede ser… no… no puede ser.

La evidencia golpea su ánimo como una sentencia. No hay una explicación para lo que sucede. Abandonado de razón, esperanza y voluntad, prosigue su descenso, ya despreocupado. La tierra engulle a Damián durante horas. Cuando lo deposita en su fondo, Damián es apenas consciente. Desfallece tan pronto su cuerpo se derrumba sobre una tierra tibia y húmeda.

Durante días duerme Damián. Al despertar, abre los ojos pero la oscuridad es absoluta. Fuerza el gesto de abrir y cerrar los ojos repetidamente, pero no distingue nada. La ansiedad se apodera de él, como si le hubiera sobrevenido una ceguera total. Respira de forma agitada mientras palpa las paredes, de iguales dimensiones y forma que el resto del pozo. No hay una cámara en el fondo, no hay ningún fondo de saco, simplemente un suelo que pone fin a ese túnel vertical e imposible. Mira hacia arriba. Nada. Pronto se desorienta. Se sienta en el suelo y siente su temperatura cálida, que lo calma. Recuerda una vida pasada, que pertenece a un tiempo indeterminado y a un lugar irreal. Recuerda el principio. Y un camino de expectativas. Recuerda que vivió. Pero en la tiniebla no consigue distinguir el éxito del fracaso. El amor del miedo. En la infinita distancia juzgar parece un juego. Pone su mano delante de su cara pero no puede ver nada. Entonces duda que exista. Quizás ha muerto. Quizás ha vuelto. Se tumba de nuevo en el lecho templado de la tierra, para dejar de moverse, para moverse con ella. El tiempo deja de tener sentido. En la noche más oscura, es y no es, y entiende que siempre ha sido así, y así seguirá siendo.