–¿Qué hay escrito ahí arriba?

”Sólo sé que no sé nada.”

–¿Por qué has escrito eso?

–Es lo único de lo que estoy seguro.

–¿Crees que es interesante venir a ver a alguien desnudo que declara no saber nada?

–No lo sé.

–¿Eres consciente de que esa frase es una mala adaptación de un texto de Platón? Sócrates nunca la dijo.

–No por ello es menos cierto.

–Cierto.

–Lo he escrito porque es la única certeza que puedo compartir. El resto son todo dudas. Reconocer esa certeza es el principio de todo.

–Si es el principio de todo, ¿por qué no has empezado por ahí?

–Porque es necesario recorrer mucho camino para llegar al principio. Déjame que te cuente la historia del joven Damián:

Damián nació en un pueblo recóndito de la montaña, y vivió durante años confinado en él por causa de la escarpada orografía y las márgenes mentales de sus habitantes que, proveídos de cuanto necesitaban, no imaginaron nunca otro mundo que no fuera aquel. Fue en su adolescencia, como todos, cuando empezó a cuestionar las barreras impuestas por las costumbres y las verdades asumidas. Así, ansió cambiar su vida buscando fortuna más allá de las montañas, en lugares legendarios susurrados entre chavales durante largas noches. Tantas veces se compartieron los detalles de aquellas ciudades imaginarias, que su existencia se convirtió en certeza. Alcanzarlas era cuestión de seguir los pasos de tantos otros antes. La gesta no sería menor, sin embargo, dada la exigente ubicación del pueblo, que obligaría a ascender la imponente montaña que lo rodeaba. Con una osadía sólo propia de esa edad donde todo es posible y nada hay que perder, Damián se pertrechó y emprendió el camino.

Durante días el ascenso resultó apacible y motivador. Damián avanzaba con paso seguro trazando planes de ascenso e imaginando en cada paso las maravillas que lo aguardaban al otro lado. Al cabo de una semana, inevitablemente, una tormenta lo amenazó. Sin conocer la orografía y ciego por la cerrada lluvia, intentó varias rutas sin éxito, que lo desembocaron en callejones sin salida y ascensiones imposibles. Tuvo que retroceder sus pasos e intentar de nuevo hasta en una docena de ocasiones. Las fuerzas mermaban según pasaban los días. Llegó el día en que el único alimento que lo sostenía era su esperanza de redención al otro lado de la montaña. Consciente, trató de aferrarse a ella en cada ocasión donde sus errores o los elementos le impedían el avance. Al cabo de muchos días, exhausto, hambriento, la tormenta amainó y pudo orientarse mejor. La mejora de las condiciones insufló nuevos ánimos a su empresa y continuó su ascenso, no sin dificultades. La falta de herramientas y la caprichosa configuración de la montaña parecían confabularse contra él. Quizás movido en este punto por la imposibilidad del retorno, continuó durante semanas un ascenso ya desapasionado. En ese estado de desesperanza alcanzó a intuir, con el último rayo de sol del día, que tenía una línea directa de acceso hacia la cima. Enfervorecido ahora por el inesperado golpe de fortuna, ascendió frenético en medio de una noche negra. Tanto empeño puso, que finalmente, después de tantos días de penuria, alcanzó la cumbre esa misma noche. Tan oscura era la noche que se le negó, en el clímax de la coronación, la revelación que tanto ansiaba. En su lugar, un negro abismo. El sabor agridulce del momento lo dejó allí sentado, confiando en la próxima salida del sol para que los secretos le fueran desvelados.

Las primeras luces del alba perfilaron la silueta del mundo que le esperaba. La luz fue dibujando progresivamente los detalles a medida que tocaba cada forma. El joven observaba ahora, incrédulo, una cordillera inerte e interminable. Una cordillera que arrancó de golpe toda esperanza. Una cordillera indiferente que transformó en pueril e inútil la gesta del ascenso. Una cordillera infinita que era presagio de muerte. No importa la dirección que tomara, su vida terminaría en algún punto anodino de su infinitud. La cordillera seguiría allí, testigo pétreo de una vida intrascendente más, cuyas esperanzas y esfuerzos y propósitos serían borrados con las primeras nieves. Ninguna traza quedaría de lo que Damián fue ni de lo que ansió. Sofocado, no sabemos si por la falta de oxígeno o por la falta de esperanza, Damián se derrumbó.

–¿Qué hizo Damián a continuación?

–Esta historia termina aquí, justo en el principio.

–¿Qué principio? ¡Dirás más bien el final!

–Sólo gracias a la gesta épica del ascenso, del esfuerzo y de la esperanza, Damián aprende que no sabe nada. Observando la infinita cordillera aprende quizás algo aún más importante: que nunca sabrá nada. Y eso es un principio.

–Pero, sin esperanza y sin destino, ¿qué debe hacer ahora?

–Quizás eso esté en otra puerta. En este escaparate no hay más.